Sentir la casa
Sobre el primer poemario de Paloma Yerovi, Punta negra
Los poemas de Punta negra, el primer poemario de Paloma Yerovi, son singulares porque su poesía preserva el poder de revelar una intranquilidad y una anormalidad en los episodios de la vida doméstica, a los que destierra del reino de las rutinas y los convierte en revelaciones sensoriales de un orden subyacente que tiene algo de extraño, de cruel o de sutilmente doloroso: “Tras la ventana/me espera de pie/la sombra/que cuida/la casa/desde adentro/Habrá/que devolverla/a la tierra” (49). Con su poesía, los espacios de todos los días se transforman, en un instante, en un sitio que queda encantado o maldito, se vuelven un evento que se experimenta con los cinco sentidos y, debido a ello, el orden de las humildes obligaciones domésticas acumula resonancias personales inesperadas: “Respiro/la cebolla/que apenas dorada, tirita” (17).
Por esta razón, a veces parecen poemas de sensaciones, o de su movimiento tumultuoso y, sobre todo, de imágenes y de sus sutiles traslapes, pero son también la preparación para que alguna de ellas despliegue una revelación sutil, que, por un instante, brilla como una visión concedida; una imagen que emerge de la ejecución de las quehaceres diarios como si ellos fueran sus rituales propiciatorios: “La fatiga larga/de los días vacíos,/la sobremesa/de la memoria,/el olor/a carne quemada/nuestro reflejo” (21-22).
A esta dimensión ritualística contribuyen una cierta entonación escénica del ritmo versal, así como el cambio de habitación o de espacio con cada nuevo título, como si se tratara de la convención drámatica del cambio de escena, de un traslado de una locación imaginaria a otra en la casa familiar y la interperie que la rodea, en una caminata escenográficamente muy acotada . Puesta así, la lectura del poemario no es solo un desfile de inquietudes e intuiciones ambiguas que emergen durante la rutina de una mujer ama de casa, sino el camino iniciático a través de breves estados de lucidez, o de picos de sensibilidad ,en los que la conjura de determinadas palabras y rutinas son medios para acceder de modo intermitente al atizbo de un conocimiento remoto y verdadero, que solo el poema consigue atraer someramente al primer plano de la conciencia: “Me he mantenido/ despierta/los nueve meses/ del olvido/ bajo los puentes/ de la noche,/ mientras mi cuerpo/ crecía ajeno/ en una bocanada/ de arena” (29).
Debido a ello, se ha señalado acertadamente que la escritura de Punta negra se desentiende del panorama común de los poemarios debut en la escena literaria limeña recientes. Entre ellos se han publicado composiciones poéticas en las que la voz cantante riñe contra la experiencia, o la desautoriza paulatinamente, o de modo sumario, suele colocarse fuera o por encima de ella, y lo consigue mediante largos versos irónicos que construyen una distancia, o por extensos versos conceptuales que reconfiguran el sentido de lo que se dice con cada nuevo encabalgamiento. Son composiciones en las que, muchas veces, la inteligencia o el humor no resultan del poema , sino de un énfasis, un subrayado, y a veces un "pasarse de listo”, que se convierte, con cada nuevo verso, en el propósito mismo de escribir. En el trabajo de Yerovi, en cambio, la voz poética facilita que conozcamos el encantamiento o la maldición de los espacios cotidianos, como lo hacían los paseantes del poeta Baudelaire, que vagabundeaban ritualistamente por la ciudad entera para “reencantarla” con las visiones de sus versos. Es un encuentro entre experiencia y la poeta en el que los subrayados, si los hay, devuelven al mundo un lenguaje extraño y no nos sumen en el “extraño” mundo del lenguaje: “Me quedo con esa pena/de mandil plomo/con ese recreo silenciado/de mi patio interior//Sin saberlo,/el mar latía/ frente a mis ojos” (37).
Por lo anterior, puede pensarse que se trata de una poesía nostálgica de la modernidad poética, que buscó revelar un mundo secreto detrás de la mundanidad por medio del filtro de la poesía, pero esa apreciación es inexacta. El poemario no coquetea con la nostalgia, no tiene versos evocadores, no hay el regodeo con visiones estáticas de un pasado mejor. Hay, por el contrario, una apuesta por la concisión y la velocidad que surge de una bien administrada tensión en relación con la conclusión del recorrido, es decir, por su futuro, que genera curiosidad sobre lo que añadirá la poeta en los siguientes espacios y en el último de ellos.
Así, aun cuando se hable del pasado, el asunto es habitar la casa siempre presente; no hay manera de extrañar lo ocurrido porque todo se convoca en función de la jornada en vigor, o da esa impresión. Más bien, es un acierto de Yerovi hacer poesía con todos los recursos del arsenal poético a su alcance, con los que tiene abiertamente más afinidad y con eso logra su singularidad frente a aquellos que, en la actualidad, tienen muchas veces menos de invento de la imaginación que de estrategia socorrida. O de otra forma, Punta negra nos recuerda que la escritura no ocurre únicamente dentro de los consensos de la escena—aunque esto sea relevante—sino de la decisión de pensar, de imaginar y de escribir de forma independiente. A partir de esta posibilidad, Punta negra se disfruta muy bien y Yerovi consigue crear un primer poemario singular, de habitaciones iluminadas por su poesía, muy consistente y, a la vez, distinto.