reconoce sus orígenes

Matemos a Borges. Daniel Romero Vargas

Publicado: 2012-11-23

Texto leído en la presentación del libro

Aunque conviene no enfatizar el hecho, el territorio de la literatura es un planisferio dibujado por las voces de algunos padres fundadores: Homero, Shakespeare, Cervantes, el trujillano Vallejo, el ginebrino Borges. Hay más, pero su número no importa. Lo que importa es que el mapa que contiene la voz de un escritor X es, por definición, ajeno, ya que pertenece a la voz de alguien que preexiste, a alguien que ya tiró los dados por él. Llamemos a la voz que dibuja el mapa, que es un juego, como el Gran Otro o el Padre. Tampoco importa el nombre. Lo que importa a un escritor nace siempre a la literatura de otro. Por consiguiente, el escritor x tiene dos opciones como Edipo en la encrucijada. Puede decidir no jugar el juego de la literatura, y aún así hacer lo que él llama literatura. Y el resultado son, por lo general, eso que conocemos como las cumbres de la historia mundial del sin sentido (se me ocurre el dadaísmo y su obsesión por la originalidad a fuerza de ser ininteligible; se me ocurre la metáfora del borrón inhumano en el cuento “La obra maestra desconocida” de Balzac). Pero también puede decidir jugar el juego, y toma la voz de otro, debido a que el mapa de la literatura es fatalmente ajeno. El creador, entonces, realiza la operación que le es propia: imposta una voz para entrar al juego donde todo se ha dicho, para persuadir de que su impostación es una novedad en sí. Roba una naipe del mazo de cartas del Padre, del Gran Otro o del Poeta predecesor, y lo muestra como propio, porque si no lo hace no hay literatura. De inicio, entonces, la literatura es un crimen, un robo, una suplantación. Es la voz que finge un país del planisferio ajeno para figurar en la invención. Entonces es un eco que suplanta el auténtico silencio de quien escribe. En este crimen, cabe la posibilidad de que el delincuente pueda ser el eco de una voz ajena que carece de oyentes. Estas ideas y otras semejantes, naturalmente lúcidas y obligadas en el delito de jugar el juego de otros, promueve Daniel Romero Vargas, acertadamente, bajo las imágenes del crimen y el vacío.

Puede decirse lo mismo de la siguiente historia, que refiere un juego de espejos, no ajeno a la ironía y, quizás, al mismo ademán de robar el naipe al Gran Otro,ese que inventó la literatura. En este cuento, un escritor atento a los cuentos escucha de uno que, en un pasado impreciso, ganó el concurso de una revista famosa. La historia vencedora del certamen refiere que Borges es víctima de un crimen y, según todo parece indicar, también es él quien conjura los detalles del asesinato y la invención del asesino. Tanto la naturaleza ficticia del criminal como la existencia acaso insoportable del sabio, condenado a proferir ficciones, adquieren consuelo y final en la certidumbre de que la muerte borrará por igual la memoria y el recuerdo de ambos. En este punto, el escritor oyente,que nunca tiene la oportunidad de leer ese cuento, captura la sugerencia de que el asesino y víctima sean uno, que sean Borges; escribe con esa idea un nuevo cuento (el tercero de esta relación), que es suyo, pero, que, como sabemos, es un crimen. En el relato del segundo escritor, Borges conjura una trama idéntica para asesinar a personajes que también son sus invenciones. Pero,como vuelta de tuerca, la trama del cuento imita la secuencia de crímenes de la “La muerte y la brújula”, un cuento policial también de Borges. Este furor imitativo merece, naturalmente, una conclusión borgeana, que, más o menos, diría así: “cuando el segundo escritor cree que la impostura de personificar a Borges, de impostar su narrativa, ha creado un espejismo que lo diferencie y eleve por encima de la generalidad, comprueba, no obstante, que, desde la perspectiva de Dios, o de los ángeles, él también es un doble, una copia, no de Borges, sino de otro, del primer autor que escribe un cuento donde Borges es asesino y víctima. Porque para Dios que vive en la eternidad, o para la literatura, que no tienen tiempo, las diferencias son instantes y las semejanzas son constantes. Para la eternidad (no se cuánto halague o no este comparación a Daniel) el segundo escritor, el influido por la historia que oye, que soy yo, y Romero Vargas, que escribe Matemos a Borges (Lima, Casatomada: 2012), la historia primera sobre Borges asesino, somos uno solo.

Este razonamiento, que es verosímil, crea la situación excéntrica de que cualquiera, Daniel o yo, pueda hablar de la obra propia con la distancia crítica de quien la intuye, íntimamente, ajena. O que cualquiera pueda, pero acaso de una forma más ajustada a su perfil, presentar la voz que uno y otro ha levantado en distintos sitios del planisferio de la literatura con cierto sentimiento de pertenencia. Que lo otro es lo propio es, de antaño, la impresión que deja la literatura cuando ella consigue que el lector renuncie a sus propios límites y se apropie de lo ajeno. La lectura de Matemos a Borges descubre esta cualidad compartida por lectores fervorosos y, favorece que aquellos lectores radicales, los creadores, se reconozcan en el juego de espejos de figurar la voz propia, esa con que se obtiene un nuevo planisferio para la exploración de los hombres.

No obstante, conviene aclarar que, desde el punto de vista genético, la literatura no queda exculpada. Para ella no hay indulto. Es un crimen de lesa suplantación. Matemos a Borges también es un catálogo de la imaginación con prontuario de Daniel Romero Vargas, del modo en que roba cartas para ganar su juego. Es un jugador que no se intimida. Baraja las cartas que sirvieron dos jugadores astutos y poderosos. Son previos a Borges y él los imposta y al hacerlo, como señala Harold Bloom respecto de la bendición de la influencia, los reinventa para convertirse en artista libre de sí mismo. Especulo que llegó a ellos a través de ese tahúr grande que fue Borges, porque sin ellos no hubiera podido el autor de El Aleph inventar la literatura argentina del siglo XX, esa provincia geométrica habitada por compadritos intelectuales.Para inventar su libro, para construir su voz, Romero Vargas fue a recorrer las naciones deslumbrantes y oscuras de Kafka y Poe, dos conquistadores voraces por poderosos en el arte de proferir ficciones. Preciso: a Kafka y a Poe, pero al Poe más kafkiano (porque Kafka colonizó retroactivamente algunas provincias del país de Poe cuando decidió que el absurdo es el espanto de Poe, pero con tendencia al infinito y a la trivialidad). Así, en un mapa kakfiano, en alguna provincia parcialmente consumida por la jugada de Kafka, se sitúa “El fantasma de la Muerte Roja”, un cuento de Poe. No solo se trata de una alegoría oscuramente sensualista de la peste, sino una voluptuosa alegoría de la descomposición social. La historia es, incluso en su resumen, inquietante. En una mansión,que puede ser cualquier mansión o el espejo abstracto de una mansión, personas que se distinguen con precisión unas de otras por sus disfraces, su riqueza y su intemperancia celebran la vida fuera de la intemperie de la peste. Poe ha abstraído los nombres, las fechas, la lógica de algunas emociones, como la hesitación o la vulgaridad. En este movimiento reconocemos el acceso al territorio que expandió luego Kafka: sabemos que ese mundo puede ser el de nuestras buenas conciencias liberadas a la complejidad del gozo. No obstante, su funcionamiento es un mecanismo intransitivo, como una caja negra cuyo interior se desconoce, y que hace de sus superficies una barrera infranqueable e hipnótica por eterna. Ese sabor a pesadilla, donde el soñador corre para contestar un teléfono que sabe de antemano que no va a contestar justo porque está corriendo y no contestando,es el absurdo kafkiano, invención largamente más productiva como jugada literaria que las alegorías que eventualmente se fabrican con ella (incluso esta alegoría de la decadencia de Poe que, retrospectivamente, es kafkiana). Se trata de la pura idea de desconocer la función de los objetos aunque sean familiares. O desconocer el fin de una ceremonia aunque sean domésticos sus partícipesy sus procesos (una línea débil de esta posibilidad es reducir la incomprensión al complot). La apropiación de la carta Kafka-Poe por parte de Romero Vargas consigue una voz de timbre singular. Esta se profiere con plenitud e invención en “Historia de un callejón”, el último relato del libro. Se trata el monólogo de un alienado en el fondo de una mugrosa vía pública que sirve de sumidero. Aquí el alienado es el propietario de objetos en medio de la peste. Pero no son los objetos del canon gótico (los armarios, los bibelots, las cajas de música o esa otra forma de objeto gótico que es paisaje evidente u abstracto de un cementerio). El loco modula su monólogo sobre los desperdicios de la ciudad moderna y las deyecciones humanas que esta no consigue procesar. Romero Vargas configura en el absurdo pauperizado una peculiar ceremonia de peste y locura.

La invención de Romero Vargas se erige, pues, entre nosotros con especial esmero en una prosa meditada, en un escenario de tugurios, de sótanos, de pasajes oscuros. Nos advierte desde el inicio que se trata del pase mágico de las letras: el movimiento con que un escritor consigue que la carta ajena sea suya. El efecto de la ceremonia, de la lectura, es el de quien encuentra instalada la imaginación de Romero Vargas, al final de un callejón, como en una emboscada, en el lenguaje de los objetos de la carencia, la material y la espiritual. Romero Vargas continua una geometría del desasosiego que apela sin tremendismo al sumidero de nuestras conciencias. Una vez más, la literatura se abre paso desde su entraña de pura lengua a la evidencia de la vida desnuda. La forma del planisferio contiene la ciudad que formamos estando juntos. Romero Vargas cuenta la pesadilla, sin énfasis ni denominaciones fáciles, de sus miserias.


Escrito por

Alexis Iparraguirre

Escritor y crítico literario


Publicado en

La vida en Marte

Opinión y crítica literaria