no te intimida

Disidentes 2 (Los nuevos narradores peruanos 2000-2010). Gabriel Ruiz Ortega (ed.)

Publicado: 2012-07-30

Toda antología, fue un lugar común de la Antigüedad, entraña la ilusión de durar. Ilusión ya que es un sueño vano a todas luces si se apela a la experiencia. La antología más famosa del mundo clásico fue la que hicieron gramáticos helénicos sobre poetas que jamás conocieron y de los que solo sobrevivieron dos a tres líneas literalmente, ni siquiera sus nombres sino los versos, quién sabe si los mejores. Muchos han afirmado que tal es el mayor logro de juntar autores de una época, que al menos tres palabras suyas sobrevivan como papelitos dispersos de un único texto irrecuperable: una literatura completa que, conforme lo señala la estadística, está condenada, en la mayoría de los casos, a desaparecer. ¿Qué se puede decir de la literatura en el Perú durante diez años? Para la posteridad, casi seguramente nada. Pero la perspectiva de la posteridad es autoritaria y vertical. Desde la perspectiva de lo eterno hasta Shakespeare es un granuja porque ni siquiera su obra tiene valor puesto que la especie humana desaparecerá, este planeta desaparecerá, el sol que nos alumbra desaparecerá y nada tiene sentido. No, una antología de la actualidad es la vida en su búsqueda de gozo y en su delirio de muerte concentrado en el presente.  Cualquier requisitoria para no dedicar a los autores de hoy algunas líneas en espera de la maduración de los años y de los siglos es tan equívoca como festejar su automática calidad. Ello equivale a decir que ningunear es lo mismo que exaltar desmedidamente. Ninguna de estas dos actitudes informa realmente nada de nada. Es sembrar la ignorancia.

El valor informativo de Disidentes 2 (Lima: Altazor, 2012) como muestra y síntesis de una década de creación narrativa en literatura peruana es, por tanto, su fundamental logro y el valor que se le puede exigir y medir. No es una antología nueva porque su editor Gabriel Ruiz Ortega reformula un trabajo de hace cinco años. Pero ello no atenúa en nada su justeza, más bien la verifica. El compromiso con el seguimiento de la vitalidad del quehacer literario es la apuesta de la selección y en esa dimensión es una antología mejor que su anterior versión, porque se renueva fiel a su concepción panorámica y minuciosa del día a día de la publicación en ficción peruana. No es usual (acaso ajena del todo a la vida académica nacional) esa lealtad en la revisión de la producción de tantos y todos; con frecuencia la actualidad tiene, como compañeros del desdén y del elogio gratuito, la indiferencia ante el volumen de la producción: siempre existe demasiada lectura para un solo lector. Gabriel Ruiz Ortega ha dedicado sus días a pensar que ello puede ser de otro modo. Disidentes 2 es su personal aporte por capturar y depurar un quehacer estético que se escapa de las manos de todos porque como todo aquello que tiene vida prolifera sin control, y tampoco necesita control. El trabajo no es pequeño: el común de los lectores, diferentes de Ruiz Ortega, no abrigamos la esperanza de capturar todo lo que aparece, no tenemos o la voluntad o la felicidad de hurgar cuánto de valioso puede haber en casi cualquier libro; por eso, necesitamos de una guía verosímil de qué leer y por qué. Ese papel  cumple Disidentes 2. Abrevia un trabajo ímprobo, pero necesario. Cabe afirmar que nadie se desilusionará de este libro. El inventario es concienzudo y eficaz. Aquello que le es ajeno lo será por voluntad autoral; no de quien compila.

Por ello mismo y porque cumplo el papel de seleccionado en el escrutinio de Ruiz Ortega no me siento en capacidad ni dotado de la autoridad para aquilatar el mérito individual de cualquiera de los textos que el volumen contiene, cuya presencia adquiere sentido en el examen de un corpus cuya totalidad se me escapa, cuya identidad resultante me es simpática por la afinidad que despierta mi nombre como el de muchos queridos amigos, a los que conozco y reconozco en el quehacer de la imaginación. No obstante, me permito hacer tres observaciones sobre la totalidad del libro que competen a un derrotero atendible en el plano de las razones y acaso de la discusión intelectual. Los enumero por orden y para conocimiento de sus límites: 1. La psicología del narrador; 2. La fantasía del poeta; 3. La política de la ficción.

1. Cuando señalo la psicología del narrador quiero subrayar una imagen característica de la lectura de Disidentes 2. No me remito al hecho estadístico de que casi la totalidad de relatos se enuncian desde la primera persona gramatical. Ello acaso si reconoce la invocación de James Woods a reconocer la parcialidad de la mirada del artista contemporáneo; antes que demiurgo, es perpetuo, modesto, democrático testigo de parte. En Disidentes 2, con seguridad esa primera persona inacabablemente reiterada supone una forma especial de simbolización. Nuestros autores se complacen en hacer figurar a la voz narrativa como una entidad que remite inevitablemente a una mente que se solaza en la disquisición, en el boato de los sensaciones, en la especulación y en la perspectiva aberrante (uso el término en el sentido en que se entiende “toma aberrante” en el lenguaje del video, es decir, que delata un desvío intencional con fines estéticos de la norma técnica estándar). El primer personaje de casi la totalidad de relatos es la voz narrativa y no los personajes distintos de ella, ni sus tramas, que aparecen como sectores o episodios de una identidad omnipresente y que ama exhibirse y colonizar el mundo con su mirada de abundante meticulosidad e introspección. En la misma línea que Woods, la primera persona en Disidentes 2 es una declaración de las limitaciones del testigo, pero, peculiarmente, de que ese testigo, situado en su parcela del texto, no desea dejar de ser un poderoso soberano subjetivo, investido de las prendas de la divinidad.

2. En segundo lugar, estas voces narrativas de vocación hegemónica en las historias fantasean frecuentemente con los atributos del demiurgo mitológico que la leyenda de artista consagra: la potencia del poeta, del malior fabro. En el plano de la mera superficie textual, esta atracción se puede comprobar con la preferencia de los narradores por las texturas poéticas del lenguaje frente a las más estandarizadas. Los narradores de Disidentes 2 son, con muy pocas excepciones, poetas que narran, si se entiende la poesía en cuanto proceso de mayor selectividad léxica y rítmica. No obstante, ninguno de ellos es un poeta lírico o un poeta experimental, los dos extremos que definen el espectro de la poesía entre la moderación y el radicalismo. Pretendo que ello se debe no a la falta de pericia técnica de los autores sino a la inoperancia que en nuestra época cobran ambos polos. La poesía lírica es un bien que lo fabrican pocos para pocos, con códigos casi herméticos y afines con un tipo de actitud frente al mundo de costoso cultivo (requiere tiempo y dinero) y el registro de la vanguardia poética ha continuado flirteando entre resultar absurda o lúdica y el mero sabor de la excentricidad decorativa con sabor a capricho de galerista.

En el plano de las historias y de las tramas, de los símbolos y las alegorías, quizás el relato más sintomático de la fantasía del poeta en Disidentes 2 sea, en clave paródica, “Poeta Cedrus” de Luis Hernán Castañeda. En este relato asistimos a la invasión del mundo de un joven escritor por la personalidad avasallante de un vecino suyo y compañero de universidad que es poeta y cuya presencia y ubicuidad no solo es agresiva, sino alienante. La imagen guía la lectura de Disidentes 2 si es que aceptamos el lenguaje de la poesía como un lenguaje proliferante en la literatura de la década, que en los cuentos constituye el mejor recurso para instalar en las historias perspectivas alienadas, aberrantes, que incluyen a la propia voz del narrador. El registro de la poesía es el registro de la creación, pero también el del límite del relato mismo. Más allá, existen las prendas del mito: los éxtasis creativos o destructores, la discusión sobre la naturaleza del genio, las comidillas sobre el prestigio, la exaltación de la extrema sensibilidad, la cronología de la propia formación estética, la vulgaridad del éxito o la heroicidad del fracaso en las bellas letras o, en su espejo favorito, la escena social. Todos estos aspectos aparecen tematizados de una u otra forma en Disidentes 2 como epifenómenos, fenómenos circundantes de la hegemonía de la fantasía del poeta.

3. Finalmente, cuando señalo la hegemonía de la fantasía del poeta (hegemonía más no unanimidad como comprobará el lector de la antología), contra lo que pareciese, quiero describir también una postura política profesada frente al quehacer estético. El autor de Disidentes 2 presenta la proliferación de las texturas y prácticas poéticas como excluyentes de otras en el mundo de la ficción. La figuración de los registros de la novela social, del realismo en uso como comentario que subvierte la versión de la historia oficial  casi ha desaparecido por completo o ha sido absorbido por la fantasía del poeta (aquí en la doble acepción que compete a narradores que son poetas). En este ámbito es llamativo que, por sobre la apelación académica y editorial a la narrativa como espejo del acontecer de una sociedad, los autores de Disidentes 2 no hayan modelado símbolos al servicio de revisión de hechos históricos recientes como la guerra contrasubversiva o la violencia de Estado. En la década que da inicio al siglo XXI la crítica de la historia oficial y de los problemas de la vida en sociedad quedan fuera del problema de la ficción, que tiene su propia política más afín a preferencias y disputas por mejores materiales (el pastiche de Nabokov o la ciencia ficción, la cita borgeana o el homenaje a Ribeyro, el drama íntimo o/y también la aventura policial). Si de configurar una dimensión de la realidad se trata, ellos prefieren recurrentemente la de un “yo” introspectivo, multifacético, móvil. La política de la ficción, y no la ficción política, es una expresión más justa para referir el tránsito entre concebir el arte de contar como un intercambio permanente con materiales extraliterarios (de la historia o de la sociología) y el redefinirlo como el éxtasis de operar casi exclusivamente con recursos producidos a partir de ficciones de distinto tipo.

Así, el artista de Disidentes 2 es conciente de que su oficio se circunscribe a la apropiación y reciclamiento, invención, renovación y puesta en marcha de materiales de las artes, como el escultor del mármol o el instalador recurre a televisores viejos y bellísimas piezas de acero recién enfriado. No obstante, a diferencia de otros narradores nuevos del continente, que han optado por procedimientos de este tipo (César Aira es un nombre clave en la difusión estandarizada de la narrativa como instalación de materiales literarios antes que revisionismo histórico), los autores de Disidentes 2 permanecen fieles a una línea del central del canon literario peruano: narrar historias, es decir, estructuras con planteamiento, conflicto y desenlace, como lo muestran los cuentos y las novelas cuyos fragmentos incluye el libro. La orientación por preferir narraciones, en lugar de orientarse por formatos que creen efectos distintos (atemporalidad, conciencia de la narración como artefacto instalado por el autor, etc.), es muy atendible si se tiene en cuenta el peso en la literatura nacional de principalísimos amantes de la peripecia como Ribeyro o Mario Vargas Llosa.

Naturalmente mis observaciones tiene la precariedad que caracteriza al mismo acto que quiere perpetuar la muestra Disidentes 2: la duración, la exaltación de un mero presente confiado en la avidez de la lectura. Y también en ello se asemejan a la esperanza de que el libro resulte una guía verosímil que informe sobre qué leer de narrativa última peruana y por qué. Mis observaciones tienen también un cariz adicional, el celebrar que se pueda seguir comentando la narrativa interesante de hoy sin esperar el paso de los siglos o confiarse al elogio gratuito. Dejo testimonio que esta feliz ocasión que reúne a escritores y lectores y su capacidad de reflexionar y mirarse en el múltiple espejo del presente es una satisfacción que nos brinda con prodigalidad Gabriel Ruiz Ortega y los narradores peruanos seleccionados en esta muestra de calidad cuyo singular mérito ha quedado a la vista de todos desde su primera versión.


Escrito por

Alexis Iparraguirre

Escritor y crítico literario


Publicado en

La vida en Marte

Opinión y crítica literaria