17 fantásticos cuentos peruanos, volumen II. Gabriel Rimachi y Carlos Sotomayor (eds.)

Publicado: 2012-07-30

La literatura fantástica no ocupa un primer plano en la atención del lector literario peruano porque existe una requisitoria antigua en su contra o que se ha entendido que es en su contra, que viene desde Grecia y Roma y adquiere versiones locales de igual carácter pedagógico. La forma antigua señala que el gran arte tiene propósito trascendental y aspira al mármol; en esa comprensión, la literatura fantástica parece un divertimento, el delirante pasatiempo de adultos dedicados a los juegos de los niños. La forma nacional advierte que la literatura revisa la vida social peruana para desenmascarar las estafas de los poderosos, reescribir, desde los fueros de la literatura, la historia oficial, formulada por lo común desde la prepotencia de quien manda; desde esta comprensión la literatura fantástica es una trivialidad o una deslealtad, una manera de no enseñar al lector cómo es de verdad la vida real y cómo revolucionarla. Contra estos prejuicios poco o ningún valor ha tenido que el prosista más revolucionario del siglo XX, Jorge Luis Borges, haya sido un cultor del género fantástico, ni que un apasionado militante de izquierdas, el escritor Julio Cortázar, haya formulado una concepción narrativa que exaltó lo imposible y no, por ejemplo, el minucioso retrato de las miserias de Argentina, nación de la que se exilió por motivos personales y políticos. La tarea de divulgar que tales prejuicios son falsos le compete, por tanto, necesariamente, al segundo volumen de 17 fantásticos cuentos peruanos, volumen 2, que publica Casatomada (Lima, 2012) ; es decir, refutar las afirmaciones que señalan que no puede haber gran literatura en género fantástico; y que la literatura peruana valiosa solo se escribe en clave realista.

Conviene aclarar qué se entiende por fantástico y qué se sigue entendiendo. El género fantástico no se refiere a un mundo en particular, sino a una puerta a ese mundo.  Existe nuestro mundo moderno preñado de seguridades domésticas: que el sol sale todos los días, que las personas hacen ciertas labores como levantarse temprano, lavarse los dientes, cruzar la avenida. El género fantástico introduce una hipótesis inquietante: que esa existencia tiene la contextura de una película, que porque es veloz y asumida ignoramos por completo que su rapidez encubre a la vista que está fracturada, como los filmes, que si los corrieran más lentos distinguiríamos que están formados por cientos de fotogramas, separados unos de otros por brechas negras. La hipótesis de lo fantástico supone, como es obvio, que por esas brechas pueden penetrar acontecimientos imposibles. Como si en esta sala, en una conferencia de orden absolutamente predecible, con presentadores cronometrados para hablar quince minutos de manera absolutamente rutinaria se abriera una brecha en el continuo tiempo espacio y apareciera una mano de diez metros desde el techo y una voz dijera “Soy Dios”.

Aquí cabe indicar que, desde un punto estrictamente literario, Dios es una criatura fantástica: en el Éxodo un grupo de judíos liderados por Moisés son sometidos a la cruda vida del desierto, a la disciplina de un líder astuto y, por lo que se puede suponer, carnicero. Esta vida es interceptada periódicamente por una voz en la niebla, por una zarza ardiendo, por otra voz en lo alto del Monte Sinaí. Estas voces sostienen plausiblemente la posibilidad de que son Dios. En la lectura de la Biblia como literatura, Dios es la irrupción de lo imposible. Curiosamente, y contra lo que señala la facilidad del adjetivo, mundos como los inventados por Tolkien o Lucas no son fantásticos, son fantasiosos. Desde un inicio asumimos que en ellos lo imposible es pan de todos los días, que la magia es una regla antes que una excepción, que el bien y el mal encarnan frecuentemente en deslumbrantes criaturas. Ello es, en sentido estricto, fantasía de espadas y brujos, o de naves espaciales y robots. Fantasía. No hay rutina o mundo real al cual desmantelar o aplastar como un débil cáscara de nuez. No obstante, la difusión y la acogida de la fantasía de entretenimiento por parte de grandes públicos ha contribuido a la del género fantástico casi por osmosis. Inevitablemente, en la búsqueda de temas y tópicos, la industria del entrenamiento ha recurrido a la literatura y esta a la fantasía para masas en intercambio fructífero. El camino más frecuente es este:  las novelas gráficas sobre superhéroes de Alan Moore o las películas de ciencia ficción de Stanley Kubrick y Ridley Scott han permitido mostrar que desde un ámbito en apariencia inhóspito para la seriedad se pueden tratar grandes temas, conmovedores temas, despiadados temas que afectan a los seres humanos en su generalidad. No es casual que las novelas de ciencia ficción de Phil K. Dick, uno de los escritores más alucinados de su promoción, se conviertan frecuentemente en estos días en guiones de películas. Los temas de Dick son los sueños dentro de los sueños, la muerte, la existencia de Dios. Debido al influjo de la industria del entretenimiento de masas, las ficciones sobre miradas imposibles se han revitalizado y los nuevos escritores que cultivan el género fantástico han surgido al calor de los cuentos de Borges y Cortázar, pero también de la ficción de fantasía que se ha apropiado de la imaginación intelectual posterior a los años ochenta; además, lo fantástico ha tomado materiales de algunas visiones apocalípticas en nuevos formatos de la esfera de la cultura popular de masas del siglo XX (la imaginación sobre el milenio). En 17 fantásticos cuentos peruanos, de Gabriel Rimachi y Carlos Sotomayor, conviven con fortuna todas estas aproximaciones que señalan la vitalidad de lo más ortodoxo y, a la vez, de las novedades que incrusta el nuevo siglo.

Así, en el libro asistimos una vez más a la puesta en escena de la vieja leyenda del doble, que es, a su vez, la consecuencia natural de postular las Antípodas. Existe un lugar de la esfera del orbe, dicen los antiguos, que es exactamente opuesto al que estamos, donde viven seres que, aunque idénticos, son nuestros exactos contrarios. Si algún día diéramos con nuestro doble, con nuestro antípoda, buscaríamos matarnos, dice la leyenda, para evitar la contradicción de que convivan dos formas que, en verdad , son el mismo ser. Julio Cortázar, en su cuento “Continuidad de los Parques, introdujo la variedad letrada de esta leyenda: cabe la posibilidad de que el doble de un lector no pertenezca a este mundo sino al de las novelas, y que el asesino de la ficción mate al doble y mate, en realidad, también al lector. Ambas posibilidades del canon fantástico, dobles y dobles dentro de textos, se actualizan con creatividad en las plumas de los autores reunidos en el libro que hoy presentamos.

Del mismo modo, la leyenda prohíbe caminar de noche por el bosque porque lo habita el lobo, o el hombre lobo o es la seña de los reinos nocturnos, que quizás son otras maneras de llamar a los predadores nocturnos. Recomienda que se prefiera la ciudad racional e iluminada, que es su contrario, el trono del hombre a donde no penetran las fieras. No obstante, desde el siglo XIX en que fue obvio para el hombre moderno que la ciudad reproducía en sus esquinas y callejones proliferantes el laberinto de lo oscuro, se concibió la imaginación de que esos sitios también estaban poblados por lo salvaje, lo irracional, por el predador irracional que vive al margen de la civilización, que se confunde con el criminal carnicero, pero que en realidad es una criatura más poderosa, que nos remite a un horror que yace en la selva fundamental o en la playa fundamental que hay detrás de todo hombre civilizado. Los monstruos y los fantasmas en medio de las ciudades son otra forma de decir que no hay lugar de donde escapar al miedo a la oscuridad y a sus delirios, al punto de que la ciudad puede ser el gran absurdo, el gran miedo. En 17 fantásticos cuentos peruanos, volumen 2, ese miedo existe.

No obstante, también existen cuentos fantásticos poco ortodoxos donde se apela a Dios o los ángeles para conducirnos a la hipótesis de una existencia sobrenatural tras los bastidores de este mundo. El método es antiguo; su novedad radica en que hasta hace poco estuvo en desuso: concebir a la Divinidad como un castigador implacable que subvierte los sentidos y conduce a la locura. Otro método poco conocido, que evoluciona del miedo al monstruo, es el recurso al híbrido o incluso al mutante. Es significativo que alguno de estos mutantes tengan aspectos de personajes de anime y que algún cuento de ángeles presenten secuencias casi  cinematográficas. Lo nuevo es también un compromiso de técnicas y escenografías que nos arrancan del lento y minucioso tránsito de una ciudad típica a lo imposible, y nos yuxtaponen desde un inicio de los relatos el mundo de la cotidianidad y las conjeturas de la paranoia, de la amenaza de imposible, de la presencia sensorial, olfativa, táctil de la monstruosidad en el siglo XXI.

Porque conviene señalar que el género fantástico es un genero de ciudad moderna sin duda. Solo el fantástico puede pensarse desde la experiencia caótica de la ciudad o la experiencia sorprendente de esta. Las consejas de vieja sobre duendes en las minas son esos; consejas, habladurías. No relatos fantásticos. Y, tal como lo muestra 17 fantásticos cuentos peruanos, son relatos de solitarios, de hombres o mujeres solitarias, o con propensión a la soledad y los silencios, o con  propensión a esa forma de silencio que es la marginalidad. Nuestros autores peruanos refuerzan en este espacio la idea de que lo imposible es un atributo de la inspección solitaria de las brechas de la vida cotidiana.

La trama en conjunto del fantástico peruano parece esa: una oscuridad que puede ocultar la zarpa de la bestia fantástica en la mirada de quien anda solo.  Este escenario es el tipo de instante que permite conjurar lo inesperado. Gabriel Rimachi y Carlos Sotomayor han conjugado en el libro que presentamos hoy una muestra no solo válida por su amplitud (en conjunto ya 34 autores peruanos de considerable productividad, cuya vigencia y valor se coteja favorablemente con la crítica actual). Es válida como un permanente resorte por el sobresalto ante la aventura de lo imposible abriéndose paso a cada página del libro en nuestras ciudades, en nuestra condición de lectores abiertos a la trascendencia de la imaginación, a la seriedad con que el género fantástico trata las más oscuras pulsiones humanas. Rimachi y Sotomayor colaboran, así, a romper prejuicios antiguos.