reconoce sus orígenes

Presentación de La violencia del tiempo de Miguel Gutiérrez

Publicado: 2010-11-01

Texto leido en la presentación de la tercera edición de La violencia del tiempo de Miguel Gutiérrez el viernes 29 de octubre en la Feria del libro Ricardo Palma

Estimado Miguel Gutiérrez, Dr. González Vigil, amigos:

He aceptado una tarea que debía rechazar: presentar una novela que admiro tanto que me intimida. La admiración es una experiencia imborrable que se remonta a mi soledad de lector y a mi adolescencia. Martin Villar, protagonista de La violencia del tiempo, define en pocas páginas la cartografía de Piura señorial cuyo pasado canta el bardo local, el ciego Orejuela. En pocas líneas, debo decir que otro joven, menos osado, menos memorable, hace quince años recorría las calles del centro de Lima con aliento transido por la promesa de la lectura. No existe mayor aventura que la lectura cuando se es universitario. Ese joven, que entonces era yo, había leído, en la reseña de quien consideraba y considero mi crítico favorito, que un milagro había ocurrido: alguien había publicado una novela total, una novela síntesis de modelos y superación de sus predecesoras; que era crónica familiar y crónica de mi país; un memorial que, desde la potestad de la imaginación, reescribía la historia de mi país y de su opresión, y explicaba cómo ella misma, obra de arte, se concebía y se gestaba. Es decir, había leído que una novela, pormenorizada e intensa réplica de la vida había aparecido, por fin, entre nosotros, luego de ser largamente esperada. Pronto, comprendería que se trataba de mucho más que ello.

Conservo, con la fecha "marzo de 1994", cada uno de los dos tomos de la segunda edición de La violencia del tiempo que adquirí ese verano por obra de una propina esforzada, que conseguí esgrimiendo la sobrecogedora reseña del libro en la cara de mi padre. Esa noche no la pasé en mi cama, sino trepado al ronroneo de un autobús que serpenteaba entre los médanos: la familia entera cohabitaba en cuatro metros cuadrados para atravesar la noche del litoral rumbo a Piura, a vacacionar, a la tierra de mi madre; y yo, acurrucado y con linterna, leía La violencia del tiempo en un asiento donde solo pudo contemplar la maravilla y el estremecimiento de una vida y de una nación, familiar pero a la vez jamás soñada. Recuerdo lo que leía esa noche y otros días y otras noches en Piura, y luego lo que continué leyendo, con mi vida canibalizada por la ficción, en una Lima desconsolada por el frío y el escándalo circular de los buses. Martín Villar es un niño jugueteando en el ataúd del abuelo Santos en Congará, en Piura; es un adolescente vivaqueando por la ciudad patricia afantasmada que subyace tras la Piura moderna, por la que anduve de vacaciones; es el chiquillo que se deleita con los cantos de un ciego sobre hacendados y bandoleros que ahora solo son espectros desvanecidos; de la boca de los chismosos y de los viejos piuranos, y del recuento de las escasas palabras de los mayores, conjetura, tras el entierro del abuelo Santos, otra historia, quizás la fundamental: que su familia está marcada por el insulto del blanco, primero del capitán español desertor de apellido Villar que preñó a la india Sacramento Chira, luego por el de Odar Benalcázar, señor de horca y cuchillo, que montaba hembras como un monstruoso verraco furibundo, que compró cual mueble de sala a una tía suya desconsoladoramente montuna, bella y rebelde. Como en los sueños entrevistos por sus tíos abuelos, forzados por las malas artes del primer abuelo Cruz al rito visionario del cactus San Pedro, para Martín Villar el insulto, el desconocimiento del perfil siniestro del insulto, es una puerta cerrada para la explicación de sí mismo y del futuro. Quien no ve el futuro en el San Pedro no es brujo. Martín sabe que si no entiende el pasado no es un hombre completo. El cabal conocimiento del insulto es desvelar la muralla del pasado. Entiende pronto, como un universitario en Lima que relee y vuelve a leer los libros de historia, cómo la historia oficial del país es, en realidad, la cal y el canto de puertas permanentemente cerradas. El doctor Gandamo de la Romaña se lo explica a Martin con la claridad de un espejo: la historia es el relato del linaje de las familias blancas ilustres, no de los hombres y las mujeres que combaten contra la inclemencia de la vida (a qué universitario no se le ha dicho que la carrera de su vida no es la persecución del sueño sino la redacción de una monografía con el rigor de los tristes escribanos, mientras Lima entera gira ante sus ojos).

En este entendido, La violencia del tiempo es el intento, acaso ingenuo, con seguridad iconoclasta, borrascoso, voluptuoso, de Martín Villar por ofrecer el único combate de un lector afiebrado y un hombre honesto contra esa historia de pesadilla: desatar las voces silenciadas para que comparezcan en testimonio múltiple y sin insignias sobre la vejación y la locura que han padecido, y la poca luz que los ha acompañado en un país que siempre fue de siervos y señores, y de látigo y bigama cruzada como castigo sobre el rostro. Las cinco generaciones de los Villar y sus patriarcas asoman en episodios donde no solo se les refiere ofendidos, insatisfechos, sino furiosos o indignados y, progresivamente, conscientes de sus motivos, primero superando la imprecisa sensación de un lugar mejor que les corresponde y, finalmente, con Martín, alcanzando la convicción de que ese lugar mejor les corresponde a todos los hombres.

Alcanzar tal convicción parece, en realidad, un cambio de matiz carente de importancia, pero en La violencia del tiempo es una abertura hacia la naturaleza misma de su arte, de su vocación por develar, reescribiendo la historia, la lucha de los hombres por el desagravio de las injusticias del pasado. Hace quince años un joven lee tales convicciones y no distingue el milagro de que la humillación se redima a través de la justicia, no entiende lo difícil que es para los mayores no devolver con venganza el golpe de las humillaciones; el adolescente solo constata, como en efecto su generosidad exultante lo intuye, que todos los hombres son iguales de antemano.

Hoy la adquisición del convencimiento en la fuerza de la justicia me parece un logro mayor en La violencia del tiempo. Nos pasa que, con menor suerte y sin duda con menos osadía que Martín Villar, todos los que hemos seguido leyendo la novela desde que apareció su primera edición, hace casi veinte años, hemos crecido y encontrado, al explorar nuestros pasados, insultos y linajes agraviados. Hemos transitado por los medanos donde moran tumbas milenarias, sin vacaciones de por medio; hemos batallado por tener un lugar en este mundo a la altura de la dignidad que mejor imaginamos para nosotros y, a veces, solo hemos trazado recorridos circulares que la poca compasión calcina. Hemos sido universitarios corriendo con nuestras esperanzas rotas bajo los brazos. Sabemos de la huella incandescente que deja el insulto y la humillación, que se multiplica por el poder intensificador de la memoria de la ofensa, que acrecienta su perduración en el tiempo y la imposibilidad de reparación. En tales circunstancias, es de admirar en Martín que no se hunda en el rencor, que sus pensamientos destierren progresivamente el desamparo y resentimiento por la aspiración de la justica, o desvíe su mirada hacia la admiración sutilmente idealizada de la justicia, o hacia la bella esperanza de que esta al fin nos alcance.

Quizá el poder transformador, redentor, que encuentra Martín radique en el arte mismo de la novela que él expone, muy avanzado el texto, cuando se le interroga por su estética, y La violencia del tiempo se explica a sí misma. El arte y la vida son uno, señala Martín, y las personas vivas son el objeto de su más profunda atención. Si un hombre no existe hasta en el esbozo del más minúsculo de sus cabellos o en la prefiguración de sus más hipotéticos pensamientos en la ficción, no existe y punto. Por ello mismo, el impulso hacia las razones de las justicia tiene su origen preclaro en la novela que cuenta: tal vez conoció a alguien que le mostró que las razones justicieras de los hombres son más vitales e imperiosas que las venganzas de las castas de vencedores y vencidos, de amos y esclavos que han caminado recelándose los gestos como si mutuamente se ocultaran un cuchillo, predispuesto para un duelo memorable por infinito. O quizá Martín entendió que la lucha de los hombres por liberarse la opresión de otros hombres es la única esperanza sensata para reivindicar su linaje ofendido. Eso fue, sospecho, cuando conoció del Dr. González, a través de los diarios de su padre Cruz, el segundo; ese médico sabio, ateo, compasivo, creyente en la igualdad de los hombres, que dirigió el combate contra la peste en Congará cuando esta incluso cerró el linaje de los Benalcázar, en los años en que Cruz era un adolescente. González era un antibenalcázar: un hombre de alta cultura, cosmopolita, que se comportó siempre como un ángel solidario y nunca anduvo con un cuchillo escondido en la mano. O tal vez fue descubrir que el anciano padre Jesús Azcárate, el español senil objeto de sus fantasiosas especulaciones de adolescente, fue quien dio la hostia a su tío abuelo, el bandolero Isidoro Villar, poco antes de que lo colgaran, cuando todos los curas de Piura se hubieran negado a dársela; Azcárate no tenía en la bocamanga de la sotana la bígama de los hacendados ni la ponzoña de los obispos. O quizá, sin descartar las dos hipótesis anteriores, fue cuando supo de Bauman de Metz, francés refugiado en Piura, prófugo de la derrotada Comuna de París de 1871, y su intento, violentamente sofocado por los hacendados, de instaurar su comuna democrática en la Piura decimonónica. Él se les enfrentó fusil en mano, de igual a igual.

Antes de que un lector cualquiera de La violencia del tiempo se hiciera la pregunta por la transformación de la mirada de su protagonista, hace casi veinte años, Martín Villar ya se la había hecho y ya se sumergía a novelar sobre la Semana Sangrienta de París, a perseguir a Bauman de Metz entre el hedor a muerto de calles que hieden a pólvora; a cabalgar con el seminarista Azcárate en las partidas de curas y milicianos que asolaban las pavorosas tinieblas de la convulsionada España de hace cien años. Villar se nos adelantó en su amor por sus personajes: ahondó en la novela en los fondos humanos que sus bisoños lectores, todos muchos menos agudos, mucho menos artistas, mucho menos apasionados que él, aún no podíamos ver. Con seguridad, semejante perspicacia es la que inquieta al joven novelista sobre la composición de su texto. Aunque de modo explícito se preguntó no una sino muchas veces ¿cómo empezar?, la pregunta implícita en esa discusión también es dónde. Si un cabo de la historia jalona a otro y cada hombre o mujer, verosímilmente enfocado, conocido con la cabalidad con que Martín explora fantasmas y ciudades y combates, es un mundo completo, dónde se empieza. O dónde se termina.

El narrador de La violencia del tiempo, el que enuncia a Martín, lo hace expresar su insatisfacción permanente sobre cómo empezar, aunque atenuada por otras satisfacciones de rango artístico en la novela, y debemos suponer que experimenta lo mismo por sobre dónde terminar. El narrador tiene que interrumpir a Martín para que la historia no continúe, para que no siga devorando con sus visiones el mundo que excede las páginas del libro, del mismo modo que el narrador de La guerra y la paz debe disertar sobre su visión de la historia para que Besujov, Rostov, el nuevo Bolkonski y Natasha no sigan viviendo implacablemente en la verdad de sus pasiones y razones, preparándose para la insurrección septembrista, envejeciendo y discutiendo como envejecemos y discutimos todos.

Como la novela de Tolstoi, en ese grado de autosuficiencia y profundidad de la mirada, La violencia del tiempo es virtualmente carente de final. Podría seguir infinitamente y, de hecho, continua en la vida de todos los lectores, en sus combates, en los ecos y reflejos que despiertan los motivos y certezas de los personajes en los motivos y certezas de los lectores, como lo hicieron en Martín que, imparable, sigue novelando. Si la vida se entiende como la reconstrucción de la memoria través del arte, y La violencia del tiempo sigue contando el Perú y sus linajes ahora redimidos por la sed de justicia, con seguridad esa novela incluiría a los lectores de ella de hace veinte años, de esta sala, al reseñista de hace veinte años, el Dr. González Vigil, que me conduce a leerla sin conocerme y que, novelescamente, encuentro en esta mesa, en esta sala para hablar del libro que no acaba.

Por ello, quizá cabe precisar que la novela La violencia del tiempo no es una novela total, sino infinita, la única en nuestra literatura que, conforme se la devora, se sabe que podría seguir indefinidamente, y nosotros la seguimos porque sus motivaciones para continuar nunca dejan de ser nuestras preguntas y nuestras dudas, y nuestra curiosidad y admiración por sus personajes nunca cesan porque son nuestra conmoción y curiosidad por las personas de la vida misma. Por eso, se justifica su primacía entre las novelas de nuestro país y nuestra lengua. Y por eso, debo confesar, es intimidante presentarla sentado junto al narrador que silencia a Martin Villar y toma todo ese mundo en sus soberanas manos, porque, como frente a los artistas cuyos sueños aún hoy día admiramos, asistimos a la continuación permanente de su novela en nuestras vidas, a la invención de nosotros mismos a través de su mirada, a la apoteosis más acabada que ha conseguido un auténtico y consumado creador.


Escrito por

Alexis Iparraguirre

Escritor y crítico literario


Publicado en

La vida en Marte

Opinión y crítica literaria