espera despierta

El fantasma que te desgarra. Julián Pérez

Publicado: 2009-11-15

Pocas ocasiones se presentan en la escena narrativa local para efectuar el comentario de libros excepcionales. El fantasma que te desgarra de Julián Pérez (2a. ed.Lima: San Marcos, 2009) es uno de ellos por el nivel de su exigencia artística, el compromiso con la veracidad del drama que retrata y la visión del intelectual y escritor que concibe su conflicto y predicamento. Es una novela de trama y de lenguaje; en la trama, asistimos a las peripecias del personaje Fredy enmarañado en los derroteros de la violencia política como medio de supervivencia (es periodista y vive de los hechos); en el lenguaje, asistimos a la exigente experiencia de modular al castellano andino como lengua para referir la guerra y adquirir así el tono de la épica.

La historia de El fantasma que te desgarra es, en principio una fábula de maduración. El inconforme congénito, Fredy ha tramontado la vida a su suerte: llamémoslo intelectual lumpenizado (aunque no en el sentido clásico). Inconforme con su deplorable situación económica, militó sin vocación en la política de izquierda radical, fue profesor e hizo carrera universitaria para ser periodista y estableció un hogar sin las condiciones para su subsistencia decente. Su degradación consiste en mendigar por trabajos de maestro o periodista sin futuro, en los que servirá a amos a los que considera moralmente repudiables. Julián Pérez revive en él, en parte, a un tipo humano de la progenie de Dostovyeski. Que no extrañen los largos monólogos amargados, viscerales, seductoramente lúcidos del personaje. Tampoco sus bellísimas y aterradoras experiencias visionarias, cuando es presa de la exaltación emocional. En su deambular por Lima, Ica y los cerros de Ayacucho, afanado por reportar sobre la guerra subversiva por dinero para sobrevivir, revive las afiebradas caminatas de un Rodión Raskolnikov, henchido de la tormenta de sus sentimientos de frustración, de reclamos iracundos al orden social injusto y preguntas por la pureza y la corrupción de las acciones humanas. Pero el parentesco de Fredy con la estirpe de Dostoyeski no es completo, porque este articula su propia e inventiva emotividad del desarraigo y la marginación, de explicación histórica nacional: en su descaro para llamar amo al amo y opresor al blanco no solo existe la honestidad histérica del justo entre pecadores, sino la verdad descarada que ofende porque evidentemente es comprobable en la evidencia de habitar en el Perú contemporáneo.

La historia de Fredy cambiará con el encuentro con el austero anciano Víctor, presuntamente refugiado en Ica de la guerra de Ayacucho, al que conoce a través de contactos con miembros de las fuerzas subversivas. Es un anciano que vive escondido en un establo, pero que, dado el caso, camina a través de los montes con una vitalidad envidiable. Víctor le proveerá, piensa Fredy, de noticias frescas del conflicto y de los dramas de sus hombres. Fredy, naturalmente, no subestima los riesgos de la zona de la guerra y prefiere evitarla. Por ello, no solo exhibe asco frente a la deshonestidad circundante sino que la incrementa: en su reportaje afirmará haber estado en Ayacucho. Así Fredy es el individuo escindido en su coherencia personal por la lógica de supervivencia de una economía miserable y la soberbia de un espíritu sublevado de naturaleza imperfecta, tensión propia de la novela rusa decimonónica. No obstante, la impronta de la proximidad de los enfrentamientos lo succionará como el ojo en el fondo de un viento arremolinado.

Primero, la creciente atmósfera de represión que lo acecha en Ica y lo victimiza y, luego, el relato de Víctor, digno pero impregnado de estremecimiento y crueldad, catalizan en él el valor y la necesidad para conocer por sí mismo el territorio de los infernales enfrentamientos entre las fuerzas del gobierno y los subversivos. Tal es el camino que debe emprender Fredy para abandonar su condición de alma atormentada por la especulación, pero incapaz de tomar para sí la resolución de sus problemas en el crisol de la experiencia. En este punto, el contacto con Víctor cataliza la maduración del protagonista de El fantasma que te desgarra, como lo hace el encuentro de Platón Karataiev con Pierre en La Guerra y la Paz o el de Sonia con Raskonikov en Crimen y Castigo. Para el caso, resulta más adecuada la primera comparación porque Víctor, en el transcurso de la novela, no solo se convierte en un Virgilio que acompaña a Fredy en su conocimiento de la experiencia de la subversión, de sus protagonistas y sus causas, sino que se revela como un modelo de hombre para el propio periodista. El anciano informante, cuya verdadera identidad ha borrado los meandros inescrutables de la violencia, comparece en la novela como un modelo de prudencia, de entrega, de solidaridad, de afecto, de claridad de pensamiento y de sencillez. Es, como el Platón Karataiev de Tolstoi, la evidencia más auténtica de que la vida coherente es posible sobre la base de elementales mandamientos de justicia y hermandad. El fantasma que te desgarra nos entrega el conocimiento, se lo entrega a Fredy, de que la iluminación proveniente del sujeto menos esperado. Así como el aristocrático conde Pierre Besujov recibe de Tolstoi el secreto de que la forma de vida que ansía la ejerce un mujik alistado de soldado, capturado por los invasores franceses, Julian Pérez le dice a su protagonista que la conducta que resuelve sus contradicciones es la de un escueto e inteligente anciano que forma parte de la subversión en Ayacucho.

La audacia de tal propuesta no es la menor, pero subrayarla hace justicia a otras que se conjugan para llevarla a cabo. El notable efecto de la iluminación se construye sobre la base de los larguísimos monólogos de Fredy, las complicadas discusiones en su fuero interno sobre complejidades de la modernidad marginal y sus derroteros dilatados de peregrino en busca de una razón para ser que desconoce. Todas estas operaciones son arriesgadas realizaciones de un arte cuya virtud es forzar los límites de las costumbres lectoras del amodorrado lector de novelas del siglo XXI y seducirlo con las magias verbales de las novelas que exploran los espíritus humanos en todas sus facetas, las gloriosas novelas decimonónicas. Las ideas de Fredy, así expuestas, no resultan tediosas sino tan variadas como coloridas, tan dinámicas como sorprendentes y, por ello, El fantasma que te desgarra consigue que contemplemos el espíritu cabal de un atormentado intelectual peruano marginal de fines del siglo XX. Sobre estos logros de diseño resulta posible extenderse, lamentablente, porque a diferencia de otras novelas, las de mera circunstancia, la descripción de la arquitectura que posibilita el prodigio excede cualquier inventario sucinto. Concordante con su atendible ambición estética, El fantasma no excluye el método de las cajas chinas y el ejercicio fluido de la metaficción.

La completa valía de la obra, no obstante, queda sin ponderarse si no se aquilata el significado de la ferocidad estilística de Julián Pérez para absorber un vocabulario proveniente de todo los sectores sociales y aún de los ritmos del quechua para articular un castellano mestizo, un castellano andino potente y apasionado, capaz de articular la épica de la guerra con una veracidad desusada, apelando a los tópicos retóricos de la amplitud y la grandeza en la caracterización de los enfrentamientos armados como ningún escritor peruano antes. Pérez ha forjado en los reportajes que integran la búsqueda personal de Freddy una lengua culta apta para su uso en la literatura sobre los hechos bélicos en los Andes que no los falsea sino que, más bien, los animan en su carácter autóctono y genuino.

El fantasma que te desgarra conjuga, pues, diálogo con la tradición del hombre que se busca en la guerra, pero que, sobre todo, se busca en sí, con la novela peruana sobre el contacto, conflictivo y desasido, aunque también iniciático y valioso, del intelectual moderno con su país. Por este último componente conviene entender que la iluminación de Freddy, el acto por el cual accede al acontecimiento de descubrir en el subversivo al prójimo, en términos del psiconálisis lacaniano, difumina al “fantasma” de la visión entrampada del país que los intelectuales peruanos tradicionalmente asumen. En términos simples, la novela permite entender al “fantasma” como la representación que Freddy se hace del mundo, inoperante, castrante, limitada, antes del acontecimiento fundamental en su vida, es decir, del aparecer del sujeto subversivo en su plenitud y aprehenderlo humanamente. Naturalmente, las implicancias de entender la novela de esta forma nimba la atmósfera pesimista de su final de una pluralidad de sentidos que exceden el de la hermenéutica clásica. No obstante, siempre puede entenderse al meollo de tan excepcional novela como un fantasma tradicional, un poderoso espíritu que requería del exorcismo de las letras. En este caso, terminar con la reiterada negación de humanidad o cordura para el individuo que participó en la subversión mediante su representación artística no solo es un aporte sustantivo para las letras locales sino para cualquier discurso de reconciliación nacional de vocación inclusiva. Novela riesgosa pero indispensable.


Escrito por

Alexis Iparraguirre

Escritor y crítico literario


Publicado en

La vida en Marte

Opinión y crítica literaria